octubre 01, 2026

Era la primavera de 1920...

El aire porteño de octubre traía el aroma y el colorido de las flores mezclado con el distante vapor del puerto. Era la primavera de 1920 y Buenos Aires bullía con la elegancia dorada de la época.

    En una de las mesas del restaurante “El Imparcial”, bajo las deslumbrantes luces de las arañas de cristal y frente a un enorme ventanal que daba a la avenida, dos hermanas aguardaban con distinta inquietud.

    Ángela no cesaba de alisarse los pliegues de su vestido de seda color rosa pálido, una pieza de corte moderno, ligeramente más corto en el ruedo según dictaba la vanguardia de la década. Sus dedos, enguantados en encaje blanco, acariciaban con obsesión un manojo de cartas atadas con una cinta de raso gastada. Eran los testimonios en papel de diez años de ausencia: la caligrafía de Armando estampada desde París, Roma y Madrid.

    —Vas a romper el papel antes de que cruce la puerta, Ángela —murmuró confidente Victoria, apoyando la taza de té con una sonrisa serena—. Si la mitad de lo que te escribió en esas cuartillas es cierto, no necesitas revisar nada. Ese hombre viene a rendirse a tus pies.

    —No es el papel lo que temo romper, Victoria, sino la ilusión —respondió Ángela, con la voz apagada por el murmullo de las copas de cristal y un violín tenue que resonaba al fondo del salón—. Una cosa es el amor a través de la tinta, protegido por la distancia y aderezado con poemas de Rubén Darío, y otra muy distinta es la realidad de la mirada. ¿Y si la lírica se evapora cuando estemos cara a cara?

    Ángela recordaba cada verso, cada metáfora apasionada que Armando le había dedicado en sus cartas. Él hablaba del deseo con una soltura poética que la había cautivado por completo, arrancándola de la monotonía de la alta sociedad porteña. Ella, en respuesta, había volcado en sus correspondencias los sentimientos más íntimos, tejiendo un idilio transparente y absoluto, aunque suspendido en el aire.

    Victoria estiró la mano sobre el mantel de lino blanco y apretó con firmeza la de su hermana.

    —Armando siempre fue un soñador, pero nunca embustero. Además. te conoce desde que usabas trenzas. ¡Ya deja esas inseguridades! Mírame, Ángela: ahora eres una mujer radiante.

 

    Un murmullo suave recorrió la entrada del restaurante. El maître, con su riguroso frac negro, se inclinó con reverencia para dar paso a un caballero que acababa de entregar su sombrero y su bastón. ¡Era él!

    Armando había dejado atrás la figura del muchacho que partió a Europa. En su lugar había un hombre de porte erguido, traje de corte impecable y una mirada profunda que recorrió rápidamente el recinto hasta dar con la mesa junto al ventanal.

    Ángela sintió que el corazón le daba un vuelco. Los murmullos de los comensales, el aroma al café recién tostado y el sonido de las cucharas contra la porcelana parecieron desaparecer en un instante.

    Armando caminó hacia ellas. Cada paso acortaba la distancia de años de nostalgia. Al llegar a la mesa se detuvo un segundo, como si necesitara asimilar la imagen de la mujer que tenía enfrente. Luego, hizo una reverencia a modo de saludo hacia Victoria y finalmente fijó sus ojos verdes en Ángela. Lentamente tomó asiento junto a ellas, pidió un café y hablaron por horas junto a Victoria, única testigo de este gran secreto de amor.

    —A veces, el puerto parece un abismo, Ángela... Pero no hay distancia capaz de acallar lo que se ha escrito con el alma —dijo él, con una voz cálida, grave y pausada que resonó exactamente igual a los versos que ella había leído cien veces en la soledad de su alcoba.

    —Tu amor es el faro que guio mi regreso—murmuró él en un francés suave y aterciopelado, confirmando la promesa implícita de que su amor había sido capaz de conducirlo de vuelta al país.

    Armando se inclinó, tomó la mano enguantada de Ángela y depositó en ella un beso suave, pero prolongado, sin despegar la mirada de la suya. La duda que atormentaba a Ángela se disipó al instante: la lírica no era un artificio de la distancia, sino el reflejo vivo del hombre que por fin había regresado en busca del amor verdadero.

© Patricia Palleres

 BASADO EN: LA NOUVELLE GILBERTE. KEES VAN DONGEN 

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septiembre 03, 2026

Doña Isabelle

La historia que les contaré es la de mi experiencia con la abuela Isabelle.

La abuela Isabelle era la madre de mi padrino Andrés y a la que yo aprendí a querer, no porque me faltaran mis abuelos paternos o maternos, sino porque pasaba bastante tiempo con ella en las vacaciones de verano, cuando iba a pasear a casa de mis padrinos.

Era una alemana encantadora nacida por el año 1916 en Múnich. Siempre con su cabello recogido con hebillas que permitían destacar sus ojos celestes y, aunque muy modesta, sus modales, costumbres y educación manifestaban su pasado acaudalado.

Su casa, entonces en plena ciudad de Mendoza, Argentina, no era muy grande. Los muebles lucían elegantes y con una magia que yo percibía: me encantaba estar allí.

¡Y ni hablar de los aromas de la infancia que uno no olvida jamás! En mi caso, siempre he relacionado la casa de la abuela Isabelle con el olor del café recién tostado, ya que sus vecinos, los Álvarez, era una familia que se dedicaba a ese rubro. Tenían un tostadero donde procesaban los granos verdes hasta darles el color y el sabor ideales para la venta y, según comentaban los mayores, “no había café más rico que ese”. Aquel aroma era fascinante y al recordarlo vuelvo a esos años luminosos e inocentes...

En lo de la abuela Isabelle había un gran misterio: los caramelos y las galletas nunca le faltaban, nunca se terminaban. Eso para la niña pequeña que era yo, parecía rarísimo. Imaginaba que tenía escondida una fábrica de golosinas en alguna de las habitaciones. Siempre disponía de obleas cubiertas de chocolate, alfajores con dulce de leche, pastillas frutales, gomitas dulces, chupetines y galletas rellenas. Cuando iba a visitarla, Doña Isabelle me proveía de un surtido no muy grande (para que no me enfermara) de cositas dulces. Sin embargo, eran suficientes para que yo me sintiera feliz e hiciera que adorara volver a su casa.

Se entraba por un zaguán de baldosas coloradas y brillantes, que yo cruzaba corriendo hasta llegar donde más me gustaba:  la sala de estar, que recuerdo muy bien. Allí había una mesa pequeña de centro, la chimenea de piedra, el juego de sillones, una radio antigua, el televisor de tubo y, en otra mesita a un costado, el enorme teléfono negro con su cable en forma de espiral y la rueda de números adelante para discar y llamar. Pero lo más impactante eran las muñecas de porcelana que permanecían allí sentadas sobre los almohadones.

Me ponía contenta saber que tenía el privilegio de jugar con ellas, pues la abuela me lo permitía. Pero había una condición muy sencilla: que las cuidara y no las hiciera caer porque se podían romper. Me contaba que eran muy importantes en su vida porque le recordaban a su madre y la conectaban con años bonitos. Me repetía con especial énfasis que, desde su niñez hasta ese momento, las había conservado intactas gracias a esmerados cuidados.

Yo agradecía que me tuviera confianza y me diera el cuidado de esos valiosos juguetes.Entonces disfrutaba jugar con sus afectos tan importantes. 

Me sorprendían los rostros brillantes, las mejillas rosadas, los ojitos de vidrio que parecían mirar de verdad. Los cabellos eran en una, castaño, en otra rubio y en las dos restantes negro; bien peinados, con recogidos, bucles y trenzas adornados con sombreritos de felpa.

Un día, mientras me prestaba sus muñecas, entre recomendaciones y recomendaciones, me contó que la vestimenta que lucían eran piezas de alta costura, lo que significaba ser exclusivas y únicas, hechas a medida, con materiales de la más alta calidad y una confección artesanal impecable.

A mis siete años, no entendía mucho, pero intuía que eran muy especiales.

Ciertamente, yo me sentía hechizada al ver esos trajes de fina seda con detalles de encaje sobre faldas de organza y enaguas de tul que las hacían vaporosas. Creo que disfrutaba más observar esos pequeños y perfectos detalles que de jugar con ellas.

Otro hecho bello que siempre regresa a mi memoria es cuando regábamos y arreglábamos las plantas colmadas de flores en el pequeño jardín. Es difícil explicar cómo se puede transmitir un sentimiento con el solo ejemplo. Y así es, ya que el amor que esta anciana prodigaba a sus plantas, mojándolas con suavidad, cantándoles canciones en su idioma, y desmalezándolas con suma ternura, era emocionante. Hasta el día de hoy al estar con mis plantas me parece escuchar el canto de la abuela Isabelle.

Inevitablemente el tiempo pasó, yo crecí, la vida nos llevó por otros caminos. Ella falleció, sus hijos de a poco, también fueron partiendo. El último en hacerlo fue mi padrino.

Desde que esto ocurrió pasaron seis o siete años hasta que volví a pasar frente al zaguán de la abuela Isabelle. Pero esta vez, puertas y ventanas estaban tapiadas, cerradas completamente. Para siempre. La casa de la dulce Doña Isabelle, hoy era la nada misma...

 

©Patricia Palleres

( Inspirado en la obra VISITA A LA ABUELA de Carl Kronberger )


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agosto 20, 2026

El vestido

En el patio grande de la Abadía de Saint-Georges de Boscherville, miraba todo con admiración, ya que nunca había estado allí. Los zorzales cantaban y la brisa matinal acariciaba su rostro. Era muy temprano.

La niña y su hermana mayor acompañaban a la abuela que caminaba lentamente por su afección de rodillas y ya no tenía fuerzas para cargar el pesado canasto. Así fue que inmediatamente le ofrecieron una silla y, desde allí, les indicaba a las dos muchachas qué ropa o alimento debían apartar para que se los diera el capellán cuando llegara y comenzara a repartir.

Desde lejos se destacaba un vestido bermellón prolijamente colgado. Verdaderamente le gustaba muchísimo: se imaginaba con él puesto para Navidad. Quería dar cientos de vueltas para ver cómo flameaban sus volados y lucir el bordado de las mangas.

—Abuela, ¿podemos llevar ese vestido para mí?

—Pero, hija, tú tienes 10 años y ese vestido es para alguien de 17.

—Mamá me lo podrá arreglar…

—No lo creo. Hay que tomarle de todos lados y se deformará.

—Abuela…

—¡No se habla más del asunto!

La niña permaneció muy triste, con sus ojitos a punto de llorar.

La espera del capellán se extendió por varias horas y cada vez se agolpaban más personas de todos los rincones. La hermosa abadía estaba colmada de indigentes y campesinos muy pobres esperando llevarse algo y pasar el invierno.

Hasta que al fin llegó el Capellán Padre Simón. Para sorpresa de todos, lo acompañaba el Rey Luis VI quien venía a hacer sus donaciones y limosnas.

La niña no lo conocía y lo vio como un gigante gordo de ropas muy lujosas. Pensó que debía tener mucha plata y en su inocencia corrió hacia él y se abrazó a una de sus piernas.

—¡Señor, quiero ese vestido! ¿Me lo compra?

— ¿Qué vestido quieres, pequeña?

—Aquel, el que está colgado, el de color bermellón y puntillas blancas…

—¡Pero claro que te lo compraré!

—Niña, ¡deja de incomodar a nuestro rey! —amonestó la abuela—. ¡Ven para acá!

La hermana mayor se apresuró a traerla, pero la pequeña escapó corriendo. Así ambas corretearon, pasando por entre el capellán y la gente que estaba allí, dando vuelta los canastos y revolucionando el lugar. La abuela se tomaba la cabeza con las manos.

Mientras tanto, el Rey no notó el desorden y compró por una buena suma aquel vestido. Volteó su mirada buscando a la niña que le había hecho el pedido. La vio corriendo en el otro extremo del patio cerca de la fuente, y su hermana tras ella.

—¡Ven, pequeña! ¡Aquí está el vestido que tanto querías!

Al escuchar, la niña cambió el rumbo de su carrera. No podía creer lo sucedido: ¡el vestido soñado era suyo por fin! Se dirigió al señor gordo inmenso que debía tener dinero y que no era nada más ni nada menos que el Rey de Francia…

De pronto, en adelante la secuencia de esta historia se enlenteció, como si todo se hubiese puesto en modo “cámara lenta”. Le costaba llegar a tomar la prenda tan deseada. Como si el tiempo se hubiera frenado, las voces se alargaban sonando dos o tres tonos más graves y, en vez de recuperar el ritmo normal, los movimientos se retrasaban más. Las personas a su alrededor se veían como esfumadas, borrosas…

Sintió que algo la succionaba y la llevaba velozmente de allí. Pegó un salto y sus ojos se abrieron. Esta vez era real. Estaba despertando de un largo sueño, apoyados sus brazos y cabeza sobre libros y enciclopedias con las que investigaba sobre las “casas de limosnas” y la vestimenta del siglo XII.

Le costó reencontrase con su tiempo y la realidad del 2023. Lamentó no haber recibido el atuendo que, aunque fuera en sueños, le hubiera gustado vestir.

No obstante, siguió estudiando para el último examen del año.

(Basado en la obra CASA DE LIMOSNAS EN ANTWERP de William Logsdail)

©Patricia Palleres

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agosto 08, 2026

La Rama fue un "Chañar"


Cuando el ámbito fue propicio, comenzó siendo un punto verde en la inmensidad de ese mundo moreno humedecido.
    Tranquilo se hizo rama, fue asomando su esperanza en libertad botánica del suelo. Con simpleza abrió ventanas desde el lodo a la orilla del camino, más acá del desierto, donde fue creciendo con la fuerza de un lobo.
    Un amanecer, erguido sobre las curvas de sus tallos, no logró divisar la galaxia de los grillos: solo encontró el pulso de trenes y autobuses, una cortina de tierra y humo, y la hoz cercana del humano acechando tras las tinieblas.
    Descubrió que el evangelio del rocío y su matiz de vida eran una mentira. Quiso volver a la tierra, enterrarse en sus profundidades, volver a la calidez de la semilla…
    Meses tras meses, la rama fue un “Chañar”. Desplegó su espesura elegantemente, pero nadie lo notó y, con el tiempo, se acostumbró a ser olvidado, inexistente, no percibido; el aleteo de los gorriones era su única misión, el vaivén del zonda su caricia que, de a ratos era un áspero arrebato de hojas.
    Ese viento de la sierra, su amigo casi hermano en la quietud de la nada, le enseñó a entonar coplas lastimeras por las noches, aullidos que se esfumaban al aclarar el día. 
    Cuando el dintel de sus horas ya no estaba sostenido de esperanzas, y agotado al ver que el mundo no era lo que parecía, en secos crujidos con ecos de grandeza, se derrumbó. Sin importar que era un gran árbol, un “Chañar”, no pudo mantenerse en pie.
    El viento emocionado, vacío de sonidos, desvistió una a una sus ramas y las lanzó al infinito para que, transformadas en gotas de agua, gestaran nueva vida emergente de los pluviales oscuros de tormentas y asomara nueva rama de esperanza.

 © Patricia Palleres

(Consigna: “Las Memorias del viento” Grupo literario "Soplo creativo")

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mayo 12, 2026

Conquistadora de mundos

Imagen de la web

Se caen las estrellas 

 que iluminan tu mirar 

y un puñal filoso y profundo 

va dejando en tu alma: cúmulo de cicatrices,

 cascadas de lágrimas, sinsabores crónicos.

 Se  enturbia tú horizonte mujer. 

Cuando te flagelan la dignidad, 

la conciencia, la libertad. 

La misma linea lejana que te vio aparecer  

 enorme frente al firmamento.

 A vos, que desde todos los tiempos 

fuiste ideada para ser admirada. 

 A vos, que tu claro rostro refleja el amor.

Te repliegas sobre vos, 

cuando quien te vulnera, 

haciéndote culpable de un calvario adquirido 

te hace olvidad tu valía. 

 

En tu desconcierto 

elevas tus brazos al cielo inquiriendo respuestas. 

Vos, que naciste adornada 

con lirios y violetas de humildad y candor.

¿Desde cuándo se decoloró tú mundo? No lo recuerdas… 

renegada quedó tu hermosura incorpórea.

 


A vos, que como una flor deslumbran tus colores. 

Y al abrir tus manos corolas para beber rocío vivificador,

descubres tu lazo seguro con lo absoluto.

Te hicieron creer mujer, que no sos nada. 

 

A vos, artesana de la vida,

reúnes en las entrañas esencias universales,

las moldeas como a la arcilla

con patrón predefinido por sutiles fuerzas sagradas. 

Concedes a la tierra, el milagro de vida.

 

Te engañaron vilmente mujer. La violencia no es natural. 

A vos, que sos alba dadora de luz. 

Y es tuya la ternura. Con ella, ganas batallas. 

Con ella, te transfiguras en conquistadora de mundos.

                                                                                   Patricia Palleres


 

               (Todos los textos de éste blog son privados y tienen Derecho de Autor.)