septiembre 03, 2026

Doña Isabelle

La historia que les contaré es la de mi experiencia con la abuela Isabelle.

La abuela Isabelle era la madre de mi padrino Andrés y a la que yo aprendí a querer, no porque me faltaran mis abuelos paternos o maternos, sino porque pasaba bastante tiempo con ella en las vacaciones de verano, cuando iba a pasear a casa de mis padrinos.

Era una alemana encantadora nacida por el año 1916 en Múnich. Siempre con su cabello recogido con hebillas que permitían destacar sus ojos celestes y, aunque muy modesta, sus modales, costumbres y educación manifestaban su pasado acaudalado.

Su casa, entonces en plena ciudad de Mendoza, Argentina, no era muy grande. Los muebles lucían elegantes y con una magia que yo percibía: me encantaba estar allí.

¡Y ni hablar de los aromas de la infancia que uno no olvida jamás! En mi caso, siempre he relacionado la casa de la abuela Isabelle con el olor del café recién tostado, ya que sus vecinos, los Álvarez, era una familia que se dedicaba a ese rubro. Tenían un tostadero donde procesaban los granos verdes hasta darles el color y el sabor ideales para la venta y, según comentaban los mayores, “no había café más rico que ese”. Aquel aroma era fascinante y al recordarlo vuelvo a esos años luminosos e inocentes...

En lo de la abuela Isabelle había un gran misterio: los caramelos y las galletas nunca le faltaban, nunca se terminaban. Eso para la niña pequeña que era yo, parecía rarísimo. Imaginaba que tenía escondida una fábrica de golosinas en alguna de las habitaciones. Siempre disponía de obleas cubiertas de chocolate, alfajores con dulce de leche, pastillas frutales, gomitas dulces, chupetines y galletas rellenas. Cuando iba a visitarla, Doña Isabelle me proveía de un surtido no muy grande (para que no me enfermara) de cositas dulces. Sin embargo, eran suficientes para que yo me sintiera feliz e hiciera que adorara volver a su casa.

Se entraba por un zaguán de baldosas coloradas y brillantes, que yo cruzaba corriendo hasta llegar donde más me gustaba:  la sala de estar, que recuerdo muy bien. Allí había una mesa pequeña de centro, la chimenea de piedra, el juego de sillones, una radio antigua, el televisor de tubo y, en otra mesita a un costado, el enorme teléfono negro con su cable en forma de espiral y la rueda de números adelante para discar y llamar. Pero lo más impactante eran las muñecas de porcelana que permanecían allí sentadas sobre los almohadones.

Me ponía contenta saber que tenía el privilegio de jugar con ellas, pues la abuela me lo permitía. Pero había una condición muy sencilla: que las cuidara y no las hiciera caer porque se podían romper. Me contaba que eran muy importantes en su vida porque le recordaban a su madre y la conectaban con años bonitos. Me repetía con especial énfasis que, desde su niñez hasta ese momento, las había conservado intactas gracias a esmerados cuidados.

Yo agradecía que me tuviera confianza y me diera el cuidado de esos valiosos juguetes.Entonces disfrutaba jugar con sus afectos tan importantes. 

Me sorprendían los rostros brillantes, las mejillas rosadas, los ojitos de vidrio que parecían mirar de verdad. Los cabellos eran en una, castaño, en otra rubio y en las dos restantes negro; bien peinados, con recogidos, bucles y trenzas adornados con sombreritos de felpa.

Un día, mientras me prestaba sus muñecas, entre recomendaciones y recomendaciones, me contó que la vestimenta que lucían eran piezas de alta costura, lo que significaba ser exclusivas y únicas, hechas a medida, con materiales de la más alta calidad y una confección artesanal impecable.

A mis siete años, no entendía mucho, pero intuía que eran muy especiales.

Ciertamente, yo me sentía hechizada al ver esos trajes de fina seda con detalles de encaje sobre faldas de organza y enaguas de tul que las hacían vaporosas. Creo que disfrutaba más observar esos pequeños y perfectos detalles que de jugar con ellas.

Otro hecho bello que siempre regresa a mi memoria es cuando regábamos y arreglábamos las plantas colmadas de flores en el pequeño jardín. Es difícil explicar cómo se puede transmitir un sentimiento con el solo ejemplo. Y así es, ya que el amor que esta anciana prodigaba a sus plantas, mojándolas con suavidad, cantándoles canciones en su idioma, y desmalezándolas con suma ternura, era emocionante. Hasta el día de hoy al estar con mis plantas me parece escuchar el canto de la abuela Isabelle.

Inevitablemente el tiempo pasó, yo crecí, la vida nos llevó por otros caminos. Ella falleció, sus hijos de a poco, también fueron partiendo. El último en hacerlo fue mi padrino.

Desde que esto ocurrió pasaron seis o siete años hasta que volví a pasar frente al zaguán de la abuela Isabelle. Pero esta vez, puertas y ventanas estaban tapiadas, cerradas completamente. Para siempre. La casa de la dulce Doña Isabelle, hoy era la nada misma...

 

©Patricia Palleres

( Inspirado en la obra VISITA A LA ABUELA de Carl Kronberger )


(Todos los textos de éste blog son privados y tienen Derecho de Autor.)

16 comentarios:

  1. Que Hermosa Historia de Isabella... James la vas a olvidar... Siempre van a estar en Tus memorial eso jamas se olvida y mas cuando la pasaban genial en las visit as cuando ivas..

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  2. Las buenas historias, mi estimada Patricia, no son necesariamente las que cuentan grandes acontecimientos. Son las que consiguen que, mientras las leemos o escuchamos, algo dentro de nosotros se mueva y tu historia fue un sismo grado 10

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    1. Es muy halagador para mí, ya que lo mío siempre fue la poesía, sin embargo me entusiasma ahora escribir narrativa y aprendo todos los días.

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  3. Hay recuerdos que son únicos
    de esos tamboién he guardado por años y compartido en mi blog...claro a la manera de relato cuentista...lo importante es que hay tanto por recopilar y poder dejar en escrito esa valía...Testiminios que son importantes en nuestras vidas.
    Buena semana!🪻🌹☘️

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  4. Lo de blogger, es una situación que repite en el tiempo...por eso es relevante seguir publicando, para que no cierren este sistema que es bueno para interactuar
    ...según leo por otros blog, ya se mejoró el poder comentar...en mi caso no he tenido ese problema, pero hay que seguir intentando...
    Paciencia!

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  5. Preciosa la historia que nos cuentas Patricia...La abuela Isabelle supo ir tejiendo con sus actos y su amor a las cosas de la vida sus huellas eternas, que quedaron en ti como un tesoro, que ahora nos cuentas a todos y quedamos admirados...Qué mujer más especial, yo diría que era un hada, que iba tocando todo con su varita mágica, amiga.
    Mi abrazo entrañable y agradecido.

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  6. Los recuerdos de la infancia es algo que se te queda grabado en tu menoría, yo cuando paseo por el pequeño pueblo que me crie me vienen recuerdos aunque de aquellas casas solo quede el solar.
    Recientemente un primo me paso unas fotos donde estaba mi padre, en ellas se les ve trajeados una prima que sale en ellas no recuerda cuando pudo ser. Estuve un día en una de las localidades donde vivió mi abuela paterna que murió cuando y contaba un máximo de 8 años, pregunte si la fachada donde están realizadas las fotos pudo ser donde vivió y me comentaron que no e incluso me dieron quien compro aquella casa. Hablando con el me lo corroboro y me hablo de un pequeño patio el cual lo recordé.

    Saludos.

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    1. Qué interesante el recorrido que transitaste para llegar a la memoria de ese fragmento de vida colmado de sensaciones queridas. Saludos!!

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  7. Querida patricia. ¡Qué hermosa historia! Yo tengo algunos recuerdos de mi infancia y puedo decirte que comparto parte de lo que relata este "La abuella Isabelle". Me encanta y te cuento tengo una de esas muñecas de porcelana en mi habitación. La amo. Un abrazo amiga mía.

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  8. Hola, Patricia.
    Hermosos recuerdos los de la infancia y el tuyo al recordar el de la abuela Sabelle, que parece un cuento de hadas.
    Paciencia con Blogger. Yo me he pasado mucho tiempo sin poder publicar en otros blogs y esos blogs los tuve que dejar porque no había manera. Yo pensaba que era mi ordenador. No sé si te has dado cuenta, pero soy invidente y el ordenador es adaptado a mis necesidades aunque es igual... espero que se publique este...
    Te dejo un abrazo.

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  9. Querida Piedad, agradezco tu comentario sobre mi cuento. Es una mezcla entre mis vivencias personales, le observación de una pintura e imaginación. Admiro mucho tu capacidad de superación y considero que un límite puede condicionar el camino pero no el destino. El tuyo es desarrollarte como prolifera escritora. Besos

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Gracias amigos por dejar aquí una de las cosas más sagradas que tenemos: las palabras
Las valoro con el alma.
Un gran abrazo, Pat